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Comparto con ustedes una entrevista imperdible que el Diario perfil le realizo al psiquiatra y legista Miguel Maldonado. El fue uno de los peritos de la defensa de Ricardo Barreda, el odontólogo que, en 1992, mató a su suegra, a su esposa y a sus dos hijas. Cree que Barreda está loco, pero tiene un punto sensible y, paradójicamente, quería la unidad familiar. Y advierte a la nueva pareja sobre los riesgos que tiene vivir con él.

Infancia. “Barreda fue un niño abusado psicológicamente, maltratado. No tuvo familia porque sus hermanastros no lo trataban bien.”

El doctor Miguel Maldonado es médico psiquiatra y médico legista. Durante 14 años fue profesor titular de Medicina Legal en la Universidad de La Plata y en esta semana en la que se ha recurrido al argumento de que el odontólogo Barreda no violó el arresto domiciliario sino que salió a la calle por una urgente compra de medicamentos, queremos saber más sobre un caso que, seguramente, forma parte de los archivos criminales más interesantes y atemorizantes de los últimos tiempos.

Entrevista:

—Y usted, doctor Maldonado, ¿cómo llega al caso Barreda?–preguntamos a lo largo de una charla en la que la lluvia oscurece Buenos Aires. —Fue algo curioso –explica el perito–. En 1992 yo me encontraba en Brasil con mi familia, veraneando en Maceió, cuando leyendo Clarín (que llegaba hasta allí cada mañana) observo que la fotografía de la portada me resulta una cara conocida. “Yo a esta persona la he tratado socialmente”, le digo a mi mujer recordando que, unos cuantos años antes, en una reunion familiar, había conocido al ahora cuádruple asesino. El odontólogo Barreda vivía entonces en la calle 58 entre 11 y 12 de La Plata. Una casa anterior a aquella en la que se producen los asesinatos. Lo cierto es que, luego de comentar largamente el tema con mi mujer, terminamos las vacaciones y volvemos a La Plata. Allí me esperaba un mensaje del Dr. Scarpino: “No sé si usted está al tanto de lo que ha ocurrido durante sus vacaciones….”, me dice. “Por supuesto. Lo he estado siguiendo en los diarios”, respondo, y Scarpino entonces me explica que junto con el Dr. Campos (ex camarista) forman parte de la defensa. “¿Usted no querría darnos una mano como perito de parte?”, me pregunta en el transcurso de la conversación, y como se trataba de dos excelentes personas no hice sino agradecerle esa distinción. Yo ya estaba trabajando como perito de parte en otros casos importantes, pero acepté con mucho gusto su ofrecimiento.

Cuando nos reunimos, los dos abogados me manifestaron que se encontraban sorprendidos por lo que había ocurrido. “¿A usted le parece que Barreda puede estar loco?”, me preguntaban. “Porque ¿quién puede hacer una cosa así?”

En verdad, todo el mundo estaba sorprendido.

—¿Y usted qué pensó, doctor? —Fui muy sincero. Les dije que iba a hacer lo que me habían enseñado mis maestros de la medicina, empezando por mi padre, que también fue psiquiatra, legista y jefe de la Dirección de Asesorías Periciales del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires. “Por lo pronto –les dije–, lo primero que debemos hacer es descartar organicidad.”

—¿Qué significa “organicidad”? —Le explico: lo primero que había que hacer, según mi criterio, era efectuarle a Barreda algunos estudios para ver si ese hombre que, a la sazón, tenía unos 56 años, era portador de un cuadro orgánico-cerebral que provocara esa resultante. Para aclarar, también le añado que un individuo que está enloqueciendo, demenciando, por razones involutivas como puede ser un Alzheimer o por razones arterioescleróticas, puede llegar a cometer un hecho de estas características.

—Pero convengamos que no es habitual. —Mire, a mí me tocó ver hace muchos años a un individuo de más de 70 años que acuchilló a su mujer que estaba durmiendo en la cama. Una cosa totalmente impensable en gente grande… La acuchilló de una manera feroz. Y cuando comenzamos a hacer el examen en la comisaría advertí que estaba totalmente demenciado. Y al hacer una primera investigación en el medio familiar, las hijas me dijeron: “Papá venía con trastornos desde mucho tiempo atrás…”.

Volviendo al caso Barreda, entonces, lo primero que había que hacer era descartar organicidad. Voy a verlo a la Comisaría 1ª de La Plata y me encuentro con un personaje que liaba sus cigarrillos con una notable parsimonia enervante y que en vez de contestarme me pedía amablemente si podía darle fuego. En el mismo tono educado me preguntaba: “¿Usted gusta fumar?”, ofreciéndome un cigarrillo como todo un caballero. Le expliqué que fumaría luego y comencé a interrogarlo. “Mire, esta es una historia muy larga… –fue su comentario–… y si vino para eso…francamente… yo ahora…” Entonces le pregunté si tendría inconveniente en que, como médico, le recetara algunos estudios y… allí arrancó. Con gran calma me dijo: “Mire, yo mal de salud no estoy. Me ‘ponían’ mal de salud”. Lo cierto es que le hice las órdenes (todavía conservaba la obra social de los odontólogos), se pidió autorización al juez de la causa y le indiqué una resonancia magnética de cerebro. Lo hice justamente porque allí se ven los trastornos orgánicos y cuando me llega el resultado veo que los estudios estaban impecables.

—¿Quiere decir que los estudios no revelaban nada?--¡Absolutamente! No había allí ningún trastorno orgánico. Les dije entonces a los abogados (Campos y Scarpino) que, efectivamente, no tenía nada desde el punto de vista orgánico. Pero de ahí a que sea o no un demente hay un largo camino a estudiar. Fue entonces cuando los abogados me pidieron que fuera perito de parte, cosa que acepté, y para ganar tiempo pedí autorización para verlo en su lugar de detención. Allí comienza mi trato con Barreda. Pedí entonces que se incorporara un psicólogo en nuestros estudios. Se nombró al Dr. Mancinelli, con el que hemos trabajado mucho y que es un hombre de gran experiencia.

—¿Ustedes se reunían después de conversar con Barreda? —Sí, y en la primera oportunidad en la que estuvimos a solas, Mancinelli me comenta: “Che, qué tipo raro. ¿Vos qué pensás?”. “Yo todavía no pienso nada”, fue mi respuesta, y decidimos estudiarlo a fondo. En el ínterin comienza a aparecer la otra parte. Es decir, quienes representaban como querellantes a la suegra de Barreda y eran primos de Gladys MacDonald, la esposa de Barreda. Lo cierto es que nos pusimos a trabajar. Hubo también peritos de la querella. Se designaron peritos oficiales. Veíamos a Barreda en conjunto o alternativamente y decidimos trabajar de esta manera para evitar sobrecargarnos. Luego, nos pasábamos la información. Pero a medida que fue transcurriendo el tiempo se marcó una divergencia entre los peritos.

—¿Por qué? —Mire, un grupo sosteníamos que veíamos en Barreda patología mental suficiente como para determinar que estaba demente. Que estábamos frente a un cuadro psicótico. Otros peritos opinaban que Barreda había sido motivado por odio, por codicia.

—¿Codicia?—Decían que quería quedarse con todos los bienes de la familia, los que, por otra parte, no eran muchos. Bueno, lo cierto es que allí comenzaron a plantearse las divergencias. A Barreda se le efectuaron una gran cantidad de tests. Incluso en una entrevista que le realiza una psicóloga, ella llega a la conclusión que Barreda fue un niño abusado psicológicamente, maltratado. No tuvo familia porque sus hermanastros (los primeros hijos de su padre) le prodigaban indiferencia, no lo trataban bien… Y Barreda se crió de esa manera. Es decir, fue un chico que creció muy dolorosamente.

—¿Con rencores?—Sí y, sobre todo, con esa pulsión, esa gran necesidad, de tener una familia. Algo casi patológico. A toda costa quería tener una familia. No la había tenido en su infancia, la deseó sin éxito en su adultez… Pero también es cierto que no pudo tenerla en parte por sus inconductas. Fíjese que él quería mantener o enriquecer el vínculo familiar y, por otra parte, cometía hechos de inconducta saliendo, por ejemplo, con otras mujeres, mostrándose públicamente con ellas y teniendo amoríos de los cuales se enteraba su propia familia. Por ejemplo, sabiendo que su esposa y sus hijas iban a una función en el Teatro Argentino de La Plata, él (a sabiendas de su presencia) se presentaba en la sala con su amante de turno. Tuvo muchas amantes y con cada una de ellas cumplía ritos que podríamos llamar familiares. Por ejemplo, el psicólogo que trabajaba con nosotros en este caso, decía que se podía considerar a Barreda como un amante “a la antigua” porque hasta llevaba las pantuflas y la robe de chambre a la casa de la amante de turno. De alguna manera se instalaba en esa casa. Incluso, en Mar del Plata, estaba construyendo un chalet porque tenía allí una novia con la cual se instalaba durante algunos días e incluso convivía con la madre de la chica, que finalmente era una especie de suegra. Una suegra buena en este caso.

—¿El les relató todo esto a ustedes, que lo atendían?—Sí. A lo largo de un año de entrevistas que le efectuamos en la cárcel. Fíjese que Barreda siempre fue un hombre respetado por el medio que lo rodeaba porque era un tipo muy enigmático y serio que, cuando alguien le planteaba algún problema, intentaba ayudar a resolverlo. Por ejemplo, ayudaba a los otros presos a redactar notas, a escribir cartas. Los proveía de cigarrillos…

—Además, tenemos entendido que, como dentista, le iba muy bien. Tan es así que la casa en la que ocurre el cuádruple crimen y que hoy está cerrada y precintada es una buena y sólida casa.—Sí, sí… una muy buena casa. Como usted decía, sigue cerrada y tiene las paredes llenas de inscripciones. Incluso, en el garaje de esa casa, guarda el auto en el que llevó la escopeta que quiso hacer desaparecer en el río… Algo realmente extraño. Lo cierto es que llegó el momento de los dictámenes periciales y hubo un grupo de peritos (uno de ellos perito oficial de Tribunales) que dictaminamos que Barreda tenía un cuadro psicótico, un cuadro delirante. Podríamos llamarlo un delirio de reivindicación. Incluso este tipo de trastorno fue descripto a principios del siglo pasado por el psiquiatra francés De Clairembaul, que se especializó en esta clase de investigaciones. Pero volviendo a Barreda, lo cierto es que llegó el momento de hacer los dictámenes y los peritos que estábamos en la misma postura consideramos que Barreda tenía un trastorno psicótico, un delirio de reivindicación, que había actuado en un momento de excitación pero que ya venía rumiando la muerte de las cuatro mujeres. Incluso él lo dice en el juicio, cuando la jueza (que luego vota por la inimputabilidad) que realmente comprende lo que pasa por la cabeza de Barreda, le pregunta: “Pero ¿usted pensaba, Barreda, que ellas lo perseguían?”. Y Barreda contesta: “Sí, sí. Yo pensaba que me perseguían…”. “¿Usted pensó que lo podían matar?”, insiste la jueza. “Sí –contesta él–, yo estaba convencido de que eran ellas o yo…”

Esto, le reitero, lo dijo en el juicio.

—Pero a la luz de estas palabras llama la atención que su actual novia, la señora Berta André, no le tenga miedo.—Sí, es verdad, pero piense que tampoco les dio miedo a las mujeres asesinadas luego. A ninguna de las cuatro a las que él mata de una manera… Mire, cuando nos contaba cómo las había matado, le aseguro que era un relato impresionante.

—Explíqueme, de acuerdo a su amplia experiencia, ¿por qué era impresionante?—Mire, yo tengo 42 años de profesión trabajando en estas especialidades. He visto infinidad de cadáveres. He hecho infinidad de autopsias. He examinado asesinos, violadores… Ahora bien, un individuo que relata con la minuciosidad, la prolijidad y la frialdad con que lo hace Barreda… Empieza por lo que más odiaba: la suegra, la esposa… Hasta ahí uno no lo justifica pero pueden haberse producido hechos tremendos… En cambio, las hijas…las hijas… Para Barreda, en ese momento, no eran sus hijas. Habían pasado a formar parte de ese grupo que le iba a quitar la vida si él no actuaba primero. Esto es lo que se gestó en su mente y para que este delirio se profundizara hay un elemento al que no se le dio la suficiente importancia… Barreda estaba condenado de antemano por la opinión pública… Todos decían que había que condenarlo, que era un psicópata… Y en el juicio fue a declarar un personaje: Pirucha Guastavino, que lo alentaba en la idea de que las mujeres lo querían matar.

—¿Cómo lo alentaba?—Tanto lo alentaba que, aprovechando un viaje de la suegra, la esposa y las hijas, Pirucha Guastavino acompaña a Barreda a su casa para “limpiarla”, “purificarla”. Era un delirio de a dos… prácticamente un delirio compartido… Entonces, en un determinado momento ella saca de una maceta un muñequito vudú pinchado (que había llevado ella y que, aprovechando que Barreda también buscaba, había enterrado rápidamente) y le dice a él: “Mirá, Barreda, aquí está el ‘mal’ que te están haciendo”. Y cuando Barreda nos explicaba esto a nosotros decía: “Y era cierto. Porque yo, poco tiempo antes, me había fracturado el peroné…”. Es decir que lo que le había ocurrido en la pierna había sucedido por causa de ese muñequito.

—Vuelvo entonces a mi pregunta anterior: ¿cómo se explica que la señora que vive con él, Berta André (a la que llaman Pochi), no tenga miedo?—Mire, en algunas mujeres (y no es muy frecuente) se ve una “parafilia”. La “parafilia” es una desviación de los instintos normales en los afectos normales. Y esa “parafilia” es la “encriptofilia”. Le explico “encripto” viene de “cripta” (encerrado) y quienes la sufren sienten amor, atracción por condenados, presos que han cometido tremendos crímenes, etc., y sienten por ellos una atracción irresistible que quizá no es sexual sino que sienten que de esos individuos emana un poder que las atrae como el fanal atrae a la mariposa. Usted recordará el caso de Parrado, que mató de 117 puñaladas a Carolina Aló.

—Sí, perfectamente.—Bueno, se casó con una señorita que le escribía al penal. Nos quedamos en silencio; pienso en la amplia experiencia del doctor Maldonado, e insisto:

—Mi pregunta, doctor, va quizás a esto: los individuos que cometen ciertos crímenes, que se liberan de una obsesión, ¿vuelven a matar? —Se supone que Barreda ya no tiene tiempo de volver a armar una trama como la que armó con las cuatro mujeres. También es cierto, y sería bueno recordárselo a Berta André, lo que le mencioné antes: tampoco las cuatro mujeres le tenían miedo a Barreda… Estaban convencidas, tal como se lo dijeron, de que él era “conchita”… algo así como “perro que ladra no muerde”… Pero esta vez el perro se escapó de la norma, ladró y, después, mordió… Y mordió mortalmente. Entonces, si yo tuviera la oportunidad de hablar con esta señora le recomendaría que, aun teniendo un sentimiento afectivo, debe hacerse cargo de las consecuencias…

—Y a usted, que habló tanto con él, ¿qué le dijo Barreda de sus hijas? —Me dijo que estaban absorbidas por la madre (es decir, por su esposa) y por la abuela (es decir, su suegra). El recordaba a sus hijas cuando eran chiquitas, cuando se acercaban a él: “Hola papá. Llegó papá…”, o cuando una de ellas salía a pasear con él. Todo esto, le repito, ocurría cuando eran chiquitas y después se fue cortando… Claro… ¿qué reivindicaba Barreda? (por eso lo de peligro reivindicativo); Barreda reivindicaba ser el padre de familia, el jefe del hogar… entonces quería que atendieran a lo que él decía. En realidad, cada una de las hijas había tomado su propio camino: una tenía novio e iba a vivir con él y la otra quería también independizarse. La esposa no le daba ni cinco de bolilla y de la suegra… ¡bueno! Mejor ni hablar. Entonces él que, según sus palabras había “luchado toda la vida por tener esa familia”; que había comprado la casa de la calle 58 y luego otra, mejor, en la calle 48 (donde ocurrieron los hechos), aun estando divorciado de la mujer pero en aras de la unidad de la familia…

—¿Estaban divorciados cuando la mató? —Sí. Y ésta fue una de las cosas que se planteó: el escribano hizo la escritura de la casa de la calle 48 en una relativa infracción porque hizo como que no sabía que estaban divorciados. Y, en realidad, lo sabía y la puso a nombre de los dos. Barreda lo hizo para demostrar que quería la unidad de la familia… Esta era la de cal. Y la de arena es cuando, paralelamente, mata a las mujeres. En aquel momento estaba manteniendo una relación con una señora (Hilda Bono) que, pobre, fue llamada a declarar… algo terrible porque tenía hijas grandes… y con ella fue al hotel alojamiento y a comer pizza la noche del crimen. Entonces, realmente, lo de Barreda, para quien no está metido dentro de la psiquiatría, le resultará difícil de comprender. ¿Cuál es su locura? Es más: yo me he encontrado con amigos, con colegas que no son psiquiatras y que en aquel momento nos decían: “¡Pero ustedes quieren sacar libre a Barreda!”. Y les explicábamos que no era así. Que Barreda es un loco que tiene un punto sensible, un punto rojo… Por ejemplo, cuando usted hablaba con él, en la Unidad 9, podía tocar cualquier asunto sin problemas, pero si le sacaba el tema de las mujeres, de la casa, del hecho cometido, etc. ahí Barreda se transformaba, empezaba a argumentar, la cara se le transformaba con un rictus de bronca y de amargura mientras aseguraba que, a su esposa, la había matado por amor.

Fuente: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0547/articulo.php?art=27115&ed=0547