La perito que lucha contra la injusticia

Publicado: 30 julio, 2011 en Uncategorized
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La perito que lucha contra la injusticia

Vázquez muestra una colección de proyectiles que, luego de ser revisados por ella, permitieron esclarecer varios casos.  / Julián Bongiovanni

Fue un asesinato brutal en medio de una glamorosa fiesta de 15 años.

Un poco borracho y totalmente enceguecido, el homicida, un acaudalado comerciante de la sociedad salteña, llevaba más de media hora persiguiendo a su víctima, un chico de 16 años, de origen humilde, que aquella madrugada sólo había atinado a esconderse, en cuclillas, detrás de un auto. Así lo había encontrado su perseguidor, el padre de su novia, que aquella noche trágica cumplía los 15. Agazapado e indefenso. Y en esa posición infantil, a menos de un metro de distancia, le disparó a quemarropa y lo fusiló. Sin anestesia, sin resistencia y sin motivo.

Quizá porque el caso traía a la memoria colectiva el crimen de María Soledad Morales o porque la pelea era tan desigual como la catamarqueña, lo cierto es que el crimen de Luciano Giunta, en Salta, a fines de los 90, se convirtió en un policial de esos que mantienen en vilo al público y se instalan, por largos meses, en las tapas de los diarios.

Fue en medio de esa pelea de David contra Goliat, cuando alguien recomendó traer a una experta desde Buenos Aires, capaz de reunir pruebas irrefutables para presentar ante un tribunal de provincia, sensible a las señales emitidas desde el poder y, con seguridad, temeroso de condenar a un personaje influyente. Era la licenciada en criminalística Cristina Vázquez, un perito todoterreno, como fama de avezada investigadora y de ponerse la camiseta de los casos que investiga, hasta llegar a su esclarecimiento definitivo.

Quizá porque es una pionera en su área -fue la primera mujer perito que empezó a trabajar en forma independiente en la Argentina-, desde que empezó su carrera le tocó participar en casos resonantes. Por ejemplo, el de Fontana-Tiraboschi, un escándalo de los ochenta, que terminó con la carrera del popular conductor Jorge “Cacho” Fontana.

-Le digo que no se preocupe, hombre, que aunque no tenga plata, mi hija lo va a ayudar igual… ¿Me oye? Mi hija va a viajar, no importa que no le pueda pagar. Tranquilizaba, por teléfono, la mamá de Cristina Vázquez, cuando una tarde de 1999 llamó el padre del chico salteño, pidiendo ayuda.

“Es que hace veinte años la resolución de los casos dependía casi exclusivamente de la intuición del juez -dice esta morocha apasionada, que empezó a estudiar ya de grande, y hoy ronda la madurez-; hoy, en cambio, tenemos la base científica suficiente como para resolver potencialmente cualquier delito. Y aquellos que no se resuelven son los que no se investigan bien.”

Mientras terminaban su carrera en la UBA, que hoy ya no existe a nivel universitario -actualmente, la criminología se imparte en institutos de la Gendarmería Nacional o de la Policía Federal-, se practicaban, por primera vez en el país, pruebas de ADN para intentar dar con la identidad de un asesino: el debut fue en 1988, con el caso de Jimena Hernández, la nena de 12 años que apareció muerta en el fondo de una pileta de natación. El episodio, sin embargo, nunca llegó a esclarecerse, entre otras cosas porque guardaron la malla manchada con semen en una bolsa de nylon y así se arruinó la prueba de ADN. Se supone que fue por ignorancia.

Claro que, cuando le tocó el caso salteño, la criminalística había avanzado años luz desde aquellos tiempos iniciáticos. Aterrizó en el Norte muy segura, cargando un esqueleto en miniatura dentro de su cartera (lo lleva siempre para las pericias balísticas), sabiendo que se enfrentaría a una sociedad machista, y a los poderosos de turno. Pero eso no le importó.

“Nunca fue el dinero lo que me movilizó en esta profesión; de hecho, cuando soy perita de oficio empiezo pidiendo 300 pesos para los gastos, y el trabajo te lo pagan a los premios. Te aseguro que no hay satisfacción más grande que ayudar a la gente y ver cuando se hace justicia. Una siente que se ganó una cucarda. Como en el caso del asesinato de este chico, que era sano y hermoso, hasta que un tipo poderoso, que se creía impune, lo mató.”

El asesino en cuestión había conseguido la mejor defensa que el dinero podía comprar. Sus abogados alegaban que el acusado había tirado al voleo, en la oscuridad de la noche, y bajo el efecto de la emoción violenta. La reconstrucción de la porteña demostró todo lo contrario: que el empresario había perseguido a un grupo de chicos de 16 años, que pocos minutos antes había hecho algunos desmanes menores en su casa (donde se festejaba el cumpleaños de su hija), y que después de buscar un arma, había fusilado a su víctima, con un disparo a 60 centímetros de distancia.

“Siempre leo cien veces las causas porque la verdad está en los detalles. Y leyendo, antes de la reconstrucción, me detengo en un testigo que dice: ?No le tirés al chango de remera roja´. Y ahí mismo me dio un vuelco el corazón porque, con esa frase mínima, se derrumbaba el argumento de que el homicida tiraba al voleo, y sin ver. Estaba escrito en la causa”.

La verdad está en los detalles, dice una de sus máximas profesionales. Y a veces, en detalles ínfimos, como puede ser un pelo o en una frase dicha al pasar. Hoy aquel hombre tan poderoso está cumpliendo 23 años de condena en una cárcel salteña. Y hasta su familia lo abandonó.

La criminalística suele confundirse con la criminología, aunque en realidad son dos profesiones diferentes. Mientras los criminólogos estudian la conducta criminal, la criminalística se enfoca en los peritajes. Esto también la diferencia de los abogados penalistas, que pueden defender tanto a culpables como a inocentes. Como perito de parte, la llaman personas que son acusadas en lugar de otro, es decir, quienes están presas por un delito que no cometieron. Esa es otra de sus obsesiones: remendar las injusticias de la Justicia, como ella dice.

“No sabés la cantidad de gente que es acusada por delitos que no ha cometido. Y cómo una cadena de errores humanos puede hacer que alguien pierda su libertad. Es tremendo, pero sucede. Una prueba que no se recogió bien, una falsa evidencia, un sistema judicial colapsado y la necesidad de cerrar rápido una causa pueden llevar a errores de interpretación.”

-¿Y quién puede terminar en la cárcel por un error?

-Cualquiera. Pero sobre todo el que cree que porque dice la verdad no debe demostrar su inocencia.

-¿Y matar bajo emoción violenta?

-Cualquiera. Pero sobre todo el que cree tener todo bajo control.

Su tarea consiste en interrogar a los testigos mudos: pelos, ADN, sangre, semen, restos de comida, manchas extrañas. “¿Sabés cómo se detecta el semen en la escena de crimen?”, suelta de repente, con la seriedad de quien desafía la resolución de una complejísima ecuación matemática. Y, ante el silencio rotundo de la cronista, enseguida responde: “Con luz ultravioleta?.Si vas a un boliche y pones luz ultravioleta, te quedás ciega”, bromea. Cuando investiga, tiene algunas otras obsesiones que pueden resultar extrañas para los legos: por ejemplo, que no le cambien el muerto del caso que está siguiendo.

-¿Por qué? ¿Es común que cambien al muerto?

Y, a veces, sucede?No intencionalmente, pero hay errores humanos. En Cromagnon o en la tragedia de LAPA, por ejemplo, se entregaron cadáveres equivocados. Siempre digo que hay que establecer un nuevo sistema de identificación y unificarlo, y no que sólo dependa de las huellas dactilares o del ADN, que sólo funciona por cotejo con otras muestras. Los dientes, por ejemplos, son tan únicos como nuestras huellas y además soportan temperaturas de hasta 1000 grados. Y si ya no hay dientes, siempre quedan las rugas palatinas, que también son marcas genéticas.

Mientras investigaba el crimen de un abogado, de 35 años, que aparentemente había sido envenenado por su esposa con talio -un raticida-, se fue sola al cementerio de Chacarita para cerciorarse de que el muerto que le iban a dar fuera el correcto: resultó que estaba enterrado al lado de la bailantera Gilda.

Lo desenterraron, cuando la familia empezó a sospechar que su muerte no había sido nada natural. De Chacarita se fue, junto al finado y la policía, para la Morgue Judicial, donde le practicaron una segunda autopsia. Analizando los cabellos del hombre -lo único que quedaba, después de seis meses enterrado- confirmó las sospechas de envenenamiento, que además le había producido un tipo de calvicie específica. Fue precisamente esa alopecia que Cristina descubrió mirando fotos de la víctima, lo que la hizo sospechar sobre una posible intoxicación letal e intencional.

Las mujeres matan, casi exclusivamente, por pasiones, explica, mientras que los hombres tienen un abanico más amplio: asesinan por encargo, por razones económicas, por competencia y también por venganza, cuando se sienten traicionados en el amor.

Los crímenes mafiosos son bien distintos de los pasionales, y no sólo en sus móviles: mientras los primeros se planifican, minuciosamente, antes de ser cometidos, los segundos se tapan torpemente después.

Cierta vez, cuando trabajaba con el cronista policial Enrique Sdrech, con quien investigó varios policiales mediáticos, le tocó analizar la extraña muerte de un chico, Pablo Arce. La policía afirmaba que había sido arrollado por un tren, pero sus padres no lo creían. Tenía una pierna y las manos amputadas. A Cristina le llegaron las manos del chico en una bolsita de plástico. Y tanta fue su impresión, que tardó media hora en abrirla, mientras los peritos oficiales la esperaban. Todos en la Morgue. Y allí, entre las uñas de las manos, había un pelo canoso, que la llevó a descubrir que la muerte de Pablo había sido un crimen mafioso y no un accidente ferroviario.

* * *No hay nada más sospechoso que la coartada perfecta o el testigo que se recuerda todo. La realidad le hizo saber que los testigos verdaderos se confunden y que, a veces, un acusado no puede demostrar fehacientemente qué hizo a la hora de un crimen, y no por eso es culpable. ¿Por qué suceden estas cosas? Porque la vida es desprolija, responde la perito. Claro que a todas estas intuiciones, las refuerza con rigurosas pruebas científicas.

Hace un par de años le tocó demostrar la inocencia de un hombre, que calificaba para el malo perfecto, tanto para los medios como para la Justicia: acusado de haber matado a una profesora de francés, que era su pareja, estaba preso en Caseros. Decían que había sangre y semen en su auto. Y que había salido del taller mecánico, donde trabajaba, para matar a la mujer.

Pero nada era como parecía en la superficie. En el Tribunal Oral ella logró convencer al fiscal y al juez para hacer juntos, en un auto, el recorrido que había hecho el supuesto asesino y allí se reveló que no le daban los tiempos para abandonar su trabajo, matarla y volver. Y más tarde, los peritajes revelaron que la sangre en su coche era, en realidad, de la carne para un asado y el supuesto semen de su pañuelo, mucosidad de un resfrío.

“Pero cuando la gente se convence de que alguien es un asesino, es muy difícil modificarlo. Y lo mismo le pasa a la Justicia, que hace una sola trama y descuida el resto. El caso de los Pomar es un ejemplo.”

Vive con su mamá, ya viejita, cerca del shopping Alto Palermo, en un departamento coqueto, pero sin estridencias. En su casa hay un muestrario de balas, de varios calibres; detectores de fluidos; un microscopio y presentaciones en power point de pericias grafológicas: su kit criminológico básico, digamos.

Divorciada de su primer marido, estuvo a punto de casarse otra vez, pero el romance terminó antes. Tampoco tuvo hijos, en parte porque el proyecto familiar no se le dio, y en parte porque se entregó con alma y vida a una profesión que la apasiona. Es común que sus clientes, y las familias que ayuda, se instalen en su casa para repasar sus dramas. Y, a veces, son las dos o tres de la mañana y estamos acá. La gente llora, viene con mucha carga de angustia; es muy duro, dice.

El living queda, de pronto, en silencio, y desde uno de los cuartos se escucha un hilo de voz. Suena como un lamento, o como una súbita preocupación. Es la mamá de Cristina, la histórica coéequipier voluntaria de sus aventuras, hoy retirada a raíz de su sordera.

-Cristina, Cristina?!.

-¿Qué pasa mamita?, le pregunta la hija con suavidad, pero sin alarma.

– ¿Estás segura de que esa chica con la que hablas es periodista?

CRISTINA VAZQUEZ

  • Quién es: es licenciada en criminalística y una pionera en el campo de la investigación científica criminal en la Argentina. Fue la primera mujer perito, que trabajó en forma independiente en el país, en casos policiales resonantes. Tiene, además, un máster en estupefacientes y es grafóloga forense.
  • Qué hace: interviene en los peritajes de todo tipo de delitos: asesinatos, violaciones, estafas, falsificaciones, asaltos. Su tarea es reunir pruebas a través de peritajes para ayudar a la Justicia en su tarea de esclarecer un hecho criminal y llegar a la verdad.

Fuente:  http://www.lanacion.com.ar/1267525-la-perito-que-lucha-contra-la-injusticia 

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