El juez de la Corte Suprema Eugenio Raúl Zaffaroni, el penalista más reconocido del país, abordará en 25 fascículos semanales una visión alternativa sobre la seguridad en una sociedad democrática. Aquí explica los ejes de la obra: el poder punitivo y el “Estado gendarme”, la “mano dura”, los discursos sobre la “inseguridad” y el papel de los medios.

“El Maradona de la Justicia” –bautizado así por Víctor Hugo Morales– sonríe y saluda con la tenaz elegancia de un nadador que cuenta en su haber con la hazaña de haber cruzado la laguna de Chascomús. En el despacho de Eugenio Raúl Zaffaroni, una obra del grupo Escombros cifra el gesto heterodoxo que trasunta su prédica contra el “Estado gendarme” que encierra, castiga y reprime. La capucha que cubre la cara del verdugo de la escultura de hierro desmorona las risas, como si de repente esa imagen, más la inscripción que la acompaña, revelaran con la fuerza de una ráfaga una vieja herida de la humanidad que no deja de sangrar. “El poder siempre es el verdugo. La sociedad siempre es la víctima. Lo trágico de esta relación es que a veces la víctima no lo sabe”, se lee. Una inflexión de serenidad acompaña cada una de las palabras que elige el ministro de la Corte Suprema de Justicia para subrayar la importancia que tiene la contención del poder punitivo a la hora de preservar la vida humana y prevenir la proliferación de masacres. “Los jueces somos la Cruz Roja de la política”, advierte Zaffaroni sobre uno de los temas que abordará en La cuestión criminal, veinticinco fascículos de entrega semanal ilustrados por Miguel Rep que Página/12 comenzará a entregar el próximo jueves, el mismo día en que el diario cumple 24 años.

Los fascículos están concebidos para facilitar la comunicación en un lenguaje coloquial y poder discutir el meollo de un asunto espinoso como la cuestión criminal, aceitado por ciertos sobreentendidos que se reproducen como si patinaran sobre un suelo recién encerado. “Uno puede encontrarse con alguien en la calle y discutir el homicidio del día. ¿Qué hacemos? Yo lo reventaría, dice uno. No, responde el otro, hay que hacerle un juicio y ponerle la pena que le corresponda por la gravedad”, ejemplifica Zaffaroni con uno de esos diálogos casi calcados de lo que se expande por la atmósfera social. “El que dice que reventaría al homicida está planteando la postura del Estado absoluto, que funcionó y defendió las torturas con este tipo de argumento. Muchas cosas que se dicen son supervivencias de aspectos que se han teorizado en distintos momentos y que han tenido un sentido político. De cada idea que se tiene del fenómeno criminal sale una política. Inconscientemente, la gente repite cosas que a lo largo de los siglos se han teorizado y legitimado.”

Hay un imaginario popular en torno de la cuestión criminal construido a través de los medios masivos. “La criminología mediática existió siempre y a veces coincidió con la teórica académica, no en los mejores momentos, sino en los peores –revela Zaffaroni en la entrevista de Página/12–. En cada época usó el medio de comunicación social que tenía a mano. Ahora la televisión construye un mundo amenazado por el delito común y el terrorismo; infla el miedo y la paranoia por la seguridad.” En cada fascículo desovillará la madeja de esta criminología mediática que responde a una clara intencionalidad política. “Al final, uno se da cuenta de que tenemos una historia que nos cuentan en la universidad y otra historia que nos transmiten desde los medios, pero ¿qué criterio de realidad tengo respecto de la cuestión criminal? O está todo construido y no hay realidad, como diría Baudrillard, se desfondó la realidad.

–¿Qué hacer si fuera cierto que se desfondó la realidad?

–No, paremos la mano. Si le pregunto a mi abuelita que se llamaba Rosa y era mucho más inteligente que el personaje de Bernardo Neustadt, va a decir: la única realidad son los muertos. Contemos cadáveres, lo que pasó. Tenemos que contrastar estos discursos con la realidad y no creer que lo que nos está sucediendo es un invento. Nos guste o no nos guste vivimos en un mundo globalizado por la comunicación, de modo que muchas cuestiones de la construcción mediática no son producto nuestro. Más aún, la mayor parte de lo que voy a citar es criminología académica de los países centrales; nosotros tenemos poco desarrollo teórico a partir de nuestra realidad periférica en el mundo.

–¿Cómo explicaría el poder que tiene el “malo de la película” que construye la criminología mediática?

–(John) Dillinger existió; fue un asaltante de bancos de Estados Unidos. Después se hicieron películas sobre él; a veces la película, por razones políticas, reconstruye al personaje en forma tal que todo el mal se concentra no ya en un grupo, como suele suceder cuando se busca un chivo expiatorio, sino sobre una persona. Se concentra todo el mal en alguien que representa el mal absoluto; diría que acá fue (Alfredo) Yabrán en la época de (Domingo) Cavallo. Yabrán era el mal absoluto; un día se mató y el fenómeno es que, como el mal absoluto no puede desaparecer porque tiene algo de maniqueo la cosa, hubo resistencia a creer que el Dios malo había muerto.

–¿Qué función cumple o cumplía un “malo” como Bin Laden?

–Resulta bastante claro que hay un objetivo electoral interno de los Estados Unidos. Obama está sitiado por el Tea Party y tiene que dar la imagen de duro; una imagen que no está dirigida al mundo sino al electorado de Estados Unidos ante la proximidad de una elección. Es lo que muchas veces hace el centroizquierda cuando quiere redoblar la apuesta del centroderecha o de la derecha extrema y pide mano dura. El centroizquierda carga con fama de desordenado, de inseguro y de romper las estructuras que garantizan la seguridad y la estabilidad; entonces quieren ser más estabilizadores y seguros. Las peores leyes penales de Gran Bretaña las sancionaron gobiernos laboristas. Entre nosotros, la reforma Blumberg la hizo un Parlamento electo democráticamente; en tanto que el Congreso conservador de la época del fraude patriótico nunca sancionó las leyes que el propio Ejecutivo había mandado en el caso Ayerza, muy parecido al de Blumberg, un secuestro seguido de muerte en los años ’30. Cuando el que está en el poder no está visualizado como el dueño del circo sino como el payaso, tiene que reafirmar que es el dueño del circo y se hacen cosas que son sumamente peligrosas, porque se puede generar una antipolítica.

–¿En qué sentido?

–Se corre el riesgo de desdibujar ideológicamente a los partidos y que todos se parezcan demasiado. Como vivimos un Estado espectáculo y la política es espectáculo, la gente se cansa. No se puede tener Tinelli cien años. Lo mismo pasa con la política, y ahí es cuando aprovecha la antipolítica y puede avanzar algún aventurero antisistema.

–Aunque el discurso de la “mano dura” tenga profundas consecuencias políticas, ¿pertenecería al campo de la antipolítica?

–El discurso de la “mano dura” sale de un demagogo municipal, alcalde de Nueva York (Rudolph Giuliani), un pensador del think tank de extrema derecha de los Estados Unidos; yo creo que es más tank que think. El argumento es estúpido; empieza con el asunto de las ventanas rotas. Tenemos que penar a los que rompen ventanas porque todos los delincuentes comienzan rompiendo ventanas y, si no los controlamos, terminan como Dillinger. Es posible que Dillinger haya empezado rompiendo ventanas, pero no creo que todos los que rompan ventanas se conviertan en Dillinger. Sí, es verdad, consiguió bajar el delito en Nueva York, pero coincidió con una baja general del delito en todo Estados Unidos en un momento de euforia económica y pleno empleo. La “tolerancia cero” no pasa de ser un eslogan.

–Pero no se siembra en tierra yerma; hay abono para que prendan este tipo de frases, ¿Por qué cala tan hondo un eslogan como el de la “mano dura”?

–Las teorías que legitiman las penas son inventos de los penalistas. Como tenemos que hacer un sistema para proponerles a los jueces las sentencias, partimos de decir que la pena debe tener tal o cual función. A partir de ese “deber ser” construimos un sistema sobre la base de una pena retributiva, una teoría preventiva general o una teoría preventiva especial y nos peleamos entre nosotros por la solución de los distintos casos. Todo eso se mueve en el topos uranus del deber ser; lo que pasa en la realidad no se mete en la Facultad de Derecho. Si uno tiene que averiguar la realidad, le recomiendo que vaya a la Facultad de Veterinaria (risas). La función del poder punitivo es la de canalizar impulsos vindicativos. Si la teoría del derecho penal tiene que ser racional, no puedo meter la venganza porque es irracional. Por qué la venganza es la otra pregunta. La venganza está metida en la esencia misma de nuestra civilización.

–El ojo por ojo, diente por diente…

–O los dos ojos por un ojo… Nuestra civilización tiene una idea lineal del tiempo; el loco Nietzsche tenía razón: la venganza es venganza contra el tiempo. Es venganza porque no puede hacer que lo que fue no haya sido; es una bronca así como la que me da cuando me tomo el subterráneo, me quedo dormido y me paso de estación. Puedo cruzarme y volver, pero si el subte no parara nunca… No soy un abolicionista del sistema penal porque me doy cuenta de que es un hecho político, un factum de poder que no lo podemos abolir, salvo un cambio civilizatorio que no lo vamos a hacer desde el derecho penal ni desde la criminología.

–¿Por qué propone llegar a una criminología cautelar?

–Hay que mantener la venganza encarrilada, que no se salga de madre, porque si se sale de curso, esa pulsión vindicativa crece y se va al genocidio. El poder punitivo será irracional, pero tenemos que ser racionales en la contención; es algo así como la Cruz Roja con la guerra. Yo no le puedo imputar a la Cruz Roja que no suprima la guerra porque no tiene poder para hacerlo, pero sí le puedo exigir que agote su poder de contención de las formas más crueles y sangrientas de la guerra: que no maten a los prisioneros y que no bombardeen los hospitales. No-sotros no podemos hacer desaparecer el poder punitivo, lo que tenemos que hacer es como la Cruz Roja. Los jueces somos la Cruz Roja de la política.

–¿De qué modo se puede contener al poder punitivo?

–Lo único que podemos hacer es tener un semáforo. Si tiene luz roja, el poder punitivo no pasa; si tiene luz verde te pasa y con la amarilla espera un rato. Creo que hay que reforzar el derecho penal como poder jurídico de contención. Si desapareciera el derecho penal, si desapareciéramos los jueces, los fiscales y los abogados, el poder punitivo no desaparecería, sino que se ejercería sin límites por parte de las agencias ejecutivas. Lo cual me revela que la principal función que tiene el derecho penal es contener al poder punitivo: “De acá no pasás, hasta acá venís pero no pasás”. Hay que reforzar el derecho penal de garantías, el derecho penal de límites y el derecho penal de contención con la convicción de que refuerza el estado de derecho y de esa forma estamos previniendo masacres que se pueden dar de golpe o masacres que pueden advenir por goteo.

–Los casos de gatillo fácil de veinte años a esta parte, ¿serían un tipo de “masacre por goteo”?

–De veinte años hasta acá no; pero en el ’84, ’85 y ’86 sí. Llegó a haber más de mil muertos en esos años; en su momento lo denunciamos y lo investigamos. De entonces hasta hoy hay hechos, pero no puedo decir que sea algo sistemático. La criminología mediática de Canal 9, José de Zer y Bernardo Neustadt lo mostraba como el resultado de una guerra contra el delito, como si fuera una guerra bélica, construyendo la realidad opuesta. Se había terminado la guerra contra la “subversión”, había que seguir con la guerra contra el delito. En la investigación surgió clara la ley de la buena puntería: disminuía el número de heridos, pero aumentaba el número de muertos en los supuestos enfrentamientos. Los policías muertos no morían en enfrentamientos; al vivir en los mismos barrios eran asesinados por efecto de la violencia que desataban las mismas ejecuciones.

–¿La mirada desde la periferia del sistema jurídico central es más productiva?

–Yo creería que sí; la periferia nos plantea una serie de problemas que en el centro ni los tienen en cuenta.

–¿Por ejemplo?

–Tortura y maltrato en detención, no sistemático, pero se produjo el hecho aislado. ¿Se lo tengo que descontar de la pena? No hay un solo penalista central que se lo haya planteado porque para ellos son situaciones raras. Yo lo vengo planteando hace años y más o menos va circulando por América latina. Cuidado: no lo torturó o le sacó el ojo mi tía; fue el Estado. Y con motivo de un delito por el cual lo estoy condenando. Es una cuestión que en Europa nunca se les pasó por la cabeza.

–Pero los europeos tal vez no piensan esta cuestión porque dan por descontado que se “puede” torturar a un preso…

–No, es una anomalía, no es la regla, no lo ven como una parte del ejercicio del poder punitivo; pese a que nosotros tenemos sistemas penales más primitivos, más violentos, lo cierto es que en cuanto al genocidio no hemos llegado nunca a los límites de los europeos. No es una cuestión contable, ¿no?; pero han tenido crímenes de lesa humanidad bastante groseros. Algunos me dijeron en Roma que son los riesgos que se corren. Bueno, guarda: nosotros tuvimos 30 mil desaparecidos y Salvador 80 mil muertos; pero no se olviden que los europeos echaron siete u ocho millones de personas fuera de la guerra, no muertos por la violencia bélica. Y que el genocidio armenio lo cometió una potencia que hoy está a las puertas de la Unión Europea.

Fuente:http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-168604-2011-05-22.html

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