Caso real:”El Loco del Martillo”

Publicado: 21 abril, 2011 en Casos reales
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Mató a tres mujeres en 1963 y golpeó con un martillo a muchas más para robarles. Provocó una psicosis hasta que fue detenido y condenado a perpetua.

Aníbal González Igonet, El Loco del Martillo, era el preso más antiguo de la Argentina y cumplía exactamente 43 años tras las rejas. Obtuvo finalmente la libertad condicional en la causa que lo llevó a la cárcel el 30 de marzo de 1963, acusado –y luego condenado– por asesino serial de mujeres. Página/12 lo entrevistó en forma exclusiva hace cinco años y en aquel momento reveló que González Igonet no tenía ni siquiera un abogado que le presentara un escrito pidiendo la prisión domiciliaria, además de que ningún juez quería firmar la libertad por temor a que el hombre pudiera tener otro brote psicótico de consecuencias imprevisibles.El Loco del Martillo atacó en los años ’60 a muchas mujeres con un martillo, siempre les robaba unos pocos pesos y nunca intentó ningún tipo de abuso sexual. En aquellos ataques asesinó a tres mujeres. Un hombre que estuvo tres años preso y terminó sus estudios de abogacía en la cárcel, Ariel García Furfaru, se ocupó del caso de González Igonet y finalmente logró que anoche durmiera en su casa de La Matanza. Con él estaba su hermana, que en los 43 años de prisión no dejó de visitarlo nunca.

El 14 de enero de 1963, El Loco del Martillo entró en la casa de Emilia Ortiz. Mientras dormía, la atacó a martillazos hasta que se desvaneció. De la casa se llevó unas pocas cosas. Unos días más tarde, hizo lo mismo en la casa de la señora Torretti y después siguieron siete ataques más. Entraba en casas de mujeres solas, nunca intentó un ataque sexual, robaba muy poco y golpeaba con el martillo. El desastre se desató a partir del 8 de marzo de 1963. Esa noche mató a Rosa de Grosso, el 22 a Virginia González y el 23 a Nelly Fernández. La psicosis fue terrible en todo el país: centenares de miles de mujeres se encerraron en sus casas, varios hombres estuvieron a punto de ser linchados porque se sospechó que eran el Loco del Martillo hasta que el 30 de marzo de 1963 fue detenido. Llevaba encima una sevillana y en un baldío ubicado junto a la casucha en que vivía se encontró el martillo con el que atacaba a sus víctimas.

Cuando Página/12 lo entrevistó en exclusiva en 2001 insistió en que él no mató a nadie y que la confesión le fue extraída mediante tortura. Esa confesión fue lapidaria: “No quise matar –dijo en 1963 ante el juez–, pero estaba muy necesitado y sólo buscaba la oportunidad para llevarme algo de valor. No sé por qué lo hice. A veces me parece que yo no lo hice. Elegí a mujeres porque eran las que menos peligro presentaban”.

El caso de González Igonet demuestra que la permanencia en prisión depende de los recursos del encarcelado. El Loco del Martillo no tenía un peso y, por lo tanto, ningún abogado siguió su caso. La reclusión perpetua con la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado casi nunca significa que el condenado permanezca en la cárcel durante más de 25 años. A partir de ese momento se suele pedir una junta médica para que evalúe si el preso está en condiciones de salir, más todavía si se considera que El Loco del Martillo lleva 21 años consecutivos con conducta 10. En el encuentro de 2001 con este diario, González Igonet pidió tres cosas: un abogado que lo ayudara, el traslado desde Sierra Chica a una prisión para mayores de 60 años –a lo que accedieron tras la entrevista el juez y el Servicio Penitenciario– y una radio para escuchar a Boca. El destino quiso que otro preso, que conoció a González Igonet en la Unidad 12 y que se recibió de abogado, terminara siendo la tabla de salvación. Ariel García Furfaru tomó el caso y la jueza de Ejecución Penal de La Plata, Claudia Marengo, se ocupó del expediente y mandó a realizar las pericias que correspondían hacer. Además, un reciente fallo de la Corte Suprema lo favoreció. Cuando este periodista entrevistó a González Igonet, el diálogo tuvo ribetes asombrosos:

–¿Cómo puede ser que lleve cuatro décadas preso?

–No sé. El juez que me condenó, Pedro Heguy, ya murió y ahora creo que estoy en manos de una jueza.

–¿No pidió la libertad?

–Y, sí, yo escribí unos papeles a mano pidiendo mi libertad.

–¿Y qué le contestaron?

–No, no me contestaron nada.

–¿Después de cuatro décadas usted se considera inocente?

–Puede ser, puede ser. Mire, pasé casi toda mi vida en el peor lugar, Sierra Chica. Sufrí hambre, mucha hambre. Yo no pierdo las esperanzas de salir algún día y estar los fines de semana con mi hermana.

Este es el primer fin de semana que González Igonet pasará con su hermana en La Matanza. Podrá escuchar el Boca-River en libertad tras 43 años. 

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-64668-2006-03-24.html   

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