victimas de terrorismos

“El primer derecho del hombre en una sociedad civilizada es el de estar protegido contra las consecuencias de su propia necedad”.

Maquiavelo

El instinto malo es en el hombre más poderoso que el bueno. El temor y la fuerza tienen mayor imperio sobre él que la razón. Todos los hombres aspiran al dominio y ninguno renunciaría a la opresión si pudiera ejercerla. Todos o casi todos están dispuestos a sacrificar los derechos de los demás, por sus intereses. ¿ Qué es lo que sujeta a estas bestias devoradoras que llamamos hombres?”.

Edmon Burke

Por:

Fernando Díaz Colorado Psicólogo

Es indudable que la marca que deja el terrorismo es difícil de borrar. La violencia social y psicológica es el sino que los marca a donde llegan, luego de deambular y vivir de refugio en refugio. ¿ Qué piensan, cómo sienten, qué vislumbran y que temen estos hombres, mujeres y niños que se alejan de sus caseríos cargados de rencor y de bultos a la espalda? …casi nadie lo sabe. Aunque llevamos más de 40 años contemplando este fenómeno, Colombia apenas esta descubriendo las profundas lesiones psicológicas que sufre la víctima del terrorismo.

El fenómeno del desplazamiento según la Corporación AVRE, muestran que los que más sufren psicológicamente con esta situación son los niños y las mujeres, sin duda por su vulnerabilidad. En opinión de la Cruz Roja y de la UNICEF, el niño desplazado sufre la interrupción de su normal desarrollo psicológico, la mayoría presentan problemas de aprendizaje y dificultades en la concentración y la memoria, lo que les causa atraso en su proceso educativo. El fenómeno vivido también afecta la estructuración de su personalidad, en caso de no intervenirse oportuna y adecuadamente. En los días y meses posteriores al suceso que produjo el desplazamiento sufren una profunda depresión. El niño vive alerta, angustiado; presenta problemas para dormir y para concentrarse en tareas simples. Por ello, muchos se hacen hombres con un fuerte sino de violencia, que arranca el episodio que produjo la huida de su familia de su lugar de origen; posteriormente se reafirma cuando se hacen chivos expiatorios de la tensión familiar y se consolida con la llegada al ambiente hostil de los tugurios de las ciudades. Este escenario hace necesario una urgente acción terapéutica, pues de no trabajar con estos niños vamos a tener varias generaciones de hombres y mujeres profundamente traumatizados, violentos en sus relaciones básicas con el mundo, con tremendos problemas de identidad y adicionalmente, sin sentido de pertenencia, como lo afirma Bertha Lucia castaño de la Corporación AVRE.

Una de las constantes dentro de la psicología del desplazado es la fractura que se presenta en las relaciones familiares, pues lo primero que se afecta son los círculos afectivos y el significado de la vida en común. La depresión ataca por igual a todos; esto unido a la enorme tensión que genera la experiencia del desplazamiento y a la zozobra de estar llevando una vida sin certezas, hace que toda la violencia social que se vivió se reproduzca en el espacio del micro hogar. Por ello, padres que no lo eran se vuelven maltratantes con sus hijos. Además, en su gran mayoría los desplazados llegan a ambientes más hostiles incluso que los que habitaban antes.

El desplazamiento ocasiona un cambio abrupto en los roles que tradicionalmente se venían desempeñando en la familia y en la sociedad; el reacomodo al nuevo rol produce un enorme malestar en el sistema interaccional de la familia. En la mujer se descarga casi todo el peso de la situación, como jefe del hogar sobre la cual recae la necesidad de apoyo material y humano aunque el marido este vivo y sea su compañero permanente.

Por eso, la frase de Euripides “No hay mayor dolor en el mundo que perder la tierra natal”, nos muestra el desplazamiento como una de las acciones más terroristas y atentadoras contra la dignidad humana. El desplazamiento afecta de manera vital al individuo, que se ve expuesto a grandes traumas como el desarraigo y los sentimientos de perdida en todas sus dimensiones, llevando consigo las inevitables huellas que quedan indelebles. Entre lo individual y lo social se suscita un vínculo dialéctico y la comprensión de su naturaleza es esencial para la interpretación de cualquier fenómeno social.

Sin lugar a dudas, que toda guerra como la que vivimos actualmente en Colombia, constituye una forma de resolver un conflicto entre grupos que se caracteriza por el recurso de la violencia, utilizada para destruir o dominar al enemigo. Los estudios de psicología sobre la guerra, tienden a concentrarse en dos áreas: A la búsqueda de la eficacia de las acciones militares y a la investigación de las secuelas psicológicas orientada a su prevención y tratamiento.

En palabras de Ignacio Martín Baró (1990), la guerra sucia no se dirige fundamentalmente a aquellos que se levantan en armas contra un régimen establecido, se orienta contra todos los sectores que pueden constituir una base de apoyo material o intelectual, real o potencial de los enemigos. La guerra psicológica pretende tres objetivos fundamentales: 1. Desarticular las organizaciones populares simpatizantes del enemigo. 2. Debilitar las bases de apoyo en los sectores de la población. 3. Eliminar la oposición política.

La guerra psicológica no se propone conseguir adeptos políticos como un objetivo mismo, sino como un medio para impedir que apoyen al enemigo. Desde el punto de vista psicosocial, el recurso principal para eliminar el apoyo al enemigo, es el sentimiento de inseguridad, que corresponde a un ambiente social, creado intencionalmente por las personas que ejercen el poder. Por eso, para crear el ambiente de inseguridad, se utiliza la represión aterrorizante: ejecuciones visibles de actos brutales que desencadenan el miedo y el pánico en la ciudadanía. La población se paraliza cuando se entera de los hechos. De igual manera, se utiliza la represión manipuladora para impedir el apoyo efectivo al enemigo. Es necesario que la población conserve una dosis de miedo, mediante una sistemática dosificación de amenaza y de estímulos de premios y castigos, de actos de amedrantamiento y muestras de apoyo incondicionado.

El temor psicológico es capaz de combinar estrategias de acción cívica por medio de la cual sus ejecutores pretenden mostrarse como servidores de la población, tienen un trato comprensivo con las personas y ofrecen su colaboración en los diversos sectores sociales. Los ejecutores de la guerra psicológica pretenden dejar bien claro quienes mandan y quienes obedecen; la militarización de la vida cotidiana y de los principales espacios sociales, contribuyen a la omnipresencia del control prepotente y de la amenaza represiva.

Joaquin Samayoa (1989), señala que para comprender el fenómeno deshumanizante de la guerra, es necesario profundizar en el contenido y dinamismo del correlato psicosocial de la guerra, es decir, a los procesos mentales y emocionales desencadenados por las necesidades de adaptación y construcción de significaciones frente a la crisis. Los cambios cognitivos y comportamentales, ocasionados por la necesidad de adaptarse a la guerra y que precipitan la deshumanización de la persona son en primer lugar: La desatención selectiva y el aferramiento a prejuicios, los cuales cumplen una función defensiva contra los temores y reflejan la incapacidad emocional para lidiar contra las complejidades de la realidad; en segundo lugar la absolutización, idealización y rigidez ideológica, tomando un punto de vista frente a la guerra como la verdad absoluta, dado que los esquemas con los que se valora e interpreta la realidad son planteados como absolutos; en tercer lugar el escepticismo evasivo que caracteriza a quienes han intentado y han fracasado en asumir el compromiso político y ético; en cuarto lugar la defensividad paranoide que distorsiona la realidad objetiva y por último los sentimientos de odio y venganza.

El surgimiento y configuración de estos esquemas comportamentales y cognitivos, señala tres mecanismos adaptativos, A) la inseguridad frente al propio destino B) la carencia de propósito y de sentido de lo que se tiene que hacer y C) la necesidad de nivelación o pertenencia a algún grupo.

Si como lo comprendemos algunos, los seres humanos somos sujetos históricos, es obvio pensar entonces que el efecto de la guerra, el desplazamiento, las masacres, los homicidios selectivos, el secuestro, la desaparición forzado, las minas quiebrapata, las explosiones y voladuras de poblaciones y oleoductos, etc, generan un impacto sobre la manera de ser y de actuar, pensar y construir el mundo de quienes son sus víctimas.

En psicología se suele hablar de trauma para referirse a la experiencia de una vivencia que afecta de tal manera la persona que la deja marcada, es decir, deja en ella un residuo permanente. El trauma psíquico es por lo tanto la singular herida de una experiencia difícil o excepcional, una situación de particular tensión o sufrimiento, algún hecho frustrante, que deja en una persona. El trauma social hace relación a la forma como algún proceso histórico puede afectar a toda una comunidad; y el trauma psicosocial se utiliza para referirse a la herida que dependerá de la peculiar vivencia frente a la guerra, vivencia condicionada por su extracción social su grado de participación, es decir, que la herida que lo afecta es de producción eminentemente social.

En una situación de guerra existen leyes cuyo objetivo principal es proteger a los no combatientes, es decir, a los civiles en general. En los procedimientos terroristas, se utilizan ansiedades, temores y frustraciones de hombre, mujeres y niños, transformando el peligro y la amenaza en situaciones permanentes cuyo desenlace no es previsible, ya que no hay leyes que protejan a los no combatientes, el terrorismo utiliza a la población civil como destinataria de sus acciones. Es decir, como lo señala Lira (1990), se trata de una guerra que por lo general no ha sido declarada y que utiliza armas “invisibles”.

Por lo tanto, lo hasta acá planteado nos permite señalar, que el problema de la salud mental debe ubicarse en el contexto histórico donde cada individuo elabora su existencia en el entramado social. La salud mental debe ser entendida entonces, como la materialización en una persona o grupo, del carácter humanizador o alienante de una estructura de relaciones históricas (Martín Baró, 1988).

Si la salud mental o el trastorno son parte y consecuencia de las relaciones sociales, la pregunta por la salud mental de un grupo nos lleva a cuestionarnos sobre sus relaciones comunes o significativas. No podemos entonces asumir que la guerra tiene un efecto uniforme en toda la población; en opinión de Martín Baró (1988), es necesario considerar tres coordenadas básicas para la comprensión el problema: la clase social, en el conflicto y la temporalidad.

En cuanto a la primera coordenada es evidente que son los sectores ,más pobres los que van al frente en la batalla y a quienes se les despoja de sus tierras y viviendas. Son los más afectados por los mecanismos de represión, las acciones de los escuadrones de la muerte, los paramilitares, la guerrilla o los operativos militares de todo tipo.

La clase social hace relación al involucramiento en el conflicto, existen grupos sociales que se mantienen aparentemente alejados del contexto del conflicto, pero existe un prototipo en la población afectada por la guerra, que lo constituyen los grupos de desplazados y refugiados, en su mayoría ancianos, niños y mujeres que salen de sus hogares arrasados, se alejan de sus raíces y sus muertos, llevan a cabo la huida en condiciones deplorables y deben enfrentar la vida fuera de su ambiente, a veces hacinados en asentamientos o campamentos donde solo hay soledad, desesperanza y no futuro; donde el mundo pareciera detenerse para recrear la tragedia y hacerla más intensa, como si la tragedia se negara a partir.

La temporalidad hace relación a los efectos psicológicos presentados de manera inmediata o posterior al hecho. La persistencia de la inseguridad y el terror, el tener que construir la existencia en medio de la guerra, las referencia polarizadas y ambiguas, terminan por quebrar la resistencia revelando una “anormal normalidad”, producto de vínculos enajenadores y despersonalizantes. Pero sin lugar a dudas que lo más grave del problema psicológico social, es la deshumanización que produce el conflicto en el entramado social.

Las investigaciones realizadas por Joaquin Samayoa (1988), en relación con la guerra en el Salvador, muestran como desde la perspectiva psicosocial, hay un empobrecimiento colectivo o pérdida de los siguientes atributos humanos: la capacidad de pensar lúdicamente, imponiéndose una relación defensiva con el mundo; voluntad y capacidad de comunicarse con veracidad y eficacia, con implicaciones de libertad, honestidad, flexibilidad, tolerancia y respeto; sensibilidad ante el sufrimiento y sentimiento solidario y esperanzador.

Desde la perspectiva del trauma psicológico es indiscutible, que los vívidos y terroríficos momentos de una experiencia traumática, se convierten en recuerdos grabados en el circuito emocional, los síntomas son en efecto, señales de una memoria emocional excesivamente excitada que impulsa los recuerdos vividos de un momento traumático a continuar inmiscuyéndose en la consciencia. Así, los recuerdos traumáticos se convierten en gatillos mentales preparados para disparar la alarma al menor indicio de que el espantoso momento esta a punto de producirse nuevamente. Este fenómeno del gatillo es el sello de todo trauma emocional, incluido el sentimiento del repetido maltrato físico en la infancia. Cualquier acontecimiento traumatizante puede implantar esos recuerdos – gatillo en el circuito emocional: una violación, una masacre, una explosión, etc. cientos de personas soportan esos desastres y la mayoría salen con la clase de herida emocional que deja su huella en el cerebro.

Las crueldades humanas graban en la memoria de sus víctimas un patrón que las hace mirar con miedo cualquier cosa vagamente similar al asalto mismo. La huella que el horror deja en la memoria y la consecuente actitud de hipervigilancia puede durar toda la vida, como se descubrió en un estudio llevado a cabo entre los sobrevivientes del holocausto nazi. Los atormentadores recuerdos seguían vivos, pensaban a diario sobre la tragedia vivida, tenían pesadillas y temores, de ahí que un sobreviviente afirmara “Si uno ha estado en Auschwitz y no tiene pesadillas, no es normal”.

La víctima del trauma devastador pueden no ser nunca más las mismas biológicamente, afirma el Dr. Dennis Charney, director de neurología clínica del Centro Nacional de Yale. “No importa si fue el incesante terror del combate, la tortura, o los repetidos maltratos en la infancia, o una experiencia única deplorable, cualquier estres incontrolable puede tener el mismo impacto biológico”.

Como se puede apreciar, los efectos del terrorismo y de la violencia en general sobre la población y el individuo en particular son de características incapacitantes, y si bien los efectos de las diferentes situaciones de violencia sobre cada individuo son únicos y singulares, ya que cada persona y contexto presentan rasgos propios y se ven afectados por circunstancias específicas toda discusión acerca del tratamiento a las víctimas de la violencia tanto aislada como repetitiva, requiere confrontar ciertos efectos en común.

Para el investigador Carlos Sluzki, son los siguientes: 1. La experiencia de inundación con un bloqueo subsiguiente acompañado de recuerdos intrusivos. 2. Un reescribir la historia y la experiencia de embotamiento con sumisión e identificación con el agresor. Todo esfuerzo para liberar al individuo de los persistentes efectos negativos de los actos reiterados de violencia requerirá una reactualización y una recontextualización de las experiencias aisladas que permitan a un tiempo, una desmitificación y una explicitación de los niveles de contradicción de la historia que los incluye o ancla.

Por lo tanto, una alternativa terapéutica consistirá en una orientación dirigida a neutralizar la distorsión cognitiva, que inevitablemente, acompaña y perpetúa los efectos de la violencia crónica y que conduce a favorecer la construcción de una historia alternativa de los sucesos, que libere a la víctima de los efectos destructivos. Debemos facilitar la construcción de historias alternativas, favoreciendo una discriminación de los significados y las narrativas que han sido previamente incorporados de manera no crítica.

Quienes trabajamos con víctimas de violencia, sabemos que debemos acompañar a las víctimas en un doble proceso: Por una parte, abandonar el embotamiento, situación que los lleva, casi inevitablemente, a revivir el terror, la vergüenza y la rabia; por la otra, abandonar la sumisión a través de una revisión crítica de las distorsiones cognitivas que la misma implica, siguiendo habitualmente un guión propuesto por los victimarios. El proceso terapéutico, es pues una lucha agotadora a través de la cual la experiencia traumática de violencia, tiene posibilidades de ser recontextualizada y rehistorizada. Así, la desconfianza, la vergüenza, la culpa, la autodesvalorización dejan lugar al restablecimiento de la autoestima y a través de la indignación, a la recuperación de la dignidad.

Uno de los modelos terapéuticos que particularmente me simpatiza es el enfoque ecológico. La analogía ecológica interpreta eventos violentos y traumáticos como amenazas ecológica, no solo a las capacidades humanas de promover salud, sino a la capacidad de resistencia y recuperación de los miembros afectados. Una amenaza ecológica es en efecto, la violencia urbana, pues afecta la habilidad de la comunidad para ofrecer un ambiente seguro: el racismo, la pobreza, el crimen, el terror, son por lo tanto contaminantes ambientales.

De igual manera, así como los eventos violentos pueden agotar los recursos de la comunidad, también los valores, tradicionales y creencias de ésta pueden defenderla y apoyar su capacidad de resistencia en el despertar de la violencia. La mayoría de nosotros pertenecemos a diversos grupos culturales y comunidades; por ejemplo, membrecía a una comunidad geográfica (ciudad, pueblo o vecindario), racial, étnica o lingüística. Además, pertenecemos a comunidades religiosas e ideológicas.

El modelo ecológico plantea que cada reacción individual a eventos traumáticos y violentos esta influenciada por los atributos combinados de esas comunidades a las que esa persona pertenece y de los cuales sustrae su identidad. Los factores personales, eventuales y ambientales, moldean la interacción de los individuos y de sus comunidades. El modelo tiene en cuenta tres aspectos: La primera es que los individuos no son igualmente vulnerables y no se afectan de la misma manera. Al contrario, tanto la vulnerabilidad a ser víctima y las respuestas individuales además de los patrones de recuperación son multideterminados por interacciones entre los factores mutuamente influyentes, como son: aquellos que describen los eventos acontecidos y aquellos que describen el ambiente. Estos factores juntos definen el “ecosistema” persona – comunidad, dentro del cual un individuo vive, sobrelleva el estres y le da sentido a eventos potencialmente traumatizantes.

La segunda premisa del modelo ecológico, consiste en que después de tener acceso a una exposición traumática, los afectados pueden o no tener acceso a un tratamiento clínico. En la mayoría de los casos, no se tendrá este acceso; una comprensión del trauma psicológico requiere que se reconozca que la mayoría no tiene acceso al tratamiento clínico y que es importante una expansión de las actividades investigativas para entender su estatus postraumático y su proceso de recuperación.

Una tercera premisa íntimamente ligada con la anterior, es que la intervención clínica, no garantiza que la persona se recupere. La recuperación puede ocurrir por cuatro caminos posibles: 1. La intervención puede interactuar con otras influencias ecológicas para fomentar la recuperación. 2. O puede intensificar la angustia e impedir la recuperación. 3. La recuperación puede ocurrir en ausencia de cuidado clínico, particularmente, cuando el ecosistema apoya la recuperación y cuando los sistemas de apoyo y los recursos basados en la comunidad son suficientes. Y finalmente 4. En la ausencia de una intervención apropiada, algunos individuos no se recuperaran.

En un marco ecológico, una recuperación no lograda, es signo no sólo de la persistencia de la angustia individual, sino de los déficits ecológicos de un ambiente de recuperación y de falla de las intervenciones enfocadas hacia el trauma para lograr la calidad y el apoyo que brinda la relación existente entre individuo y su contexto social.

Los factores de persona, evento y ambiente pueden influir en la respuesta postraumática y en la recuperación de un individuo ( la edad, etapa del desarrollo, nivel de angustia, inteligencia, afectos, relación víctima victimario, significado del hecho, capacidad de aguantar y resistir el impacto, el apoyo familiar). Los aspectos eventuales incluyen por ejemplo, la frecuencia, la severidad y la duración del evento, el grado de violencia física, el grado de terror y humillación soportado; y si el trauma fue experimentado sólo o en grupo y todos los detalles circunstanciales a los cuales el individuo y su comunidad le pueden adjudicar significado.Las influencias ambientales incluyen descripciones del contexto ecológico en el cual los eventos traumáticos se experimentaron (hogar, trabajo, colegio, o el contexto), los atributos destacables del sistema para fomentarle una elaboración del duelo, adaptativa y el grado de seguridad y control concedidos a la víctima después del trauma. Las actitudes y valores prevalente de la comunidad, los imaginarios de raza y género, factores políticos y económicos relacionados con la victimización; y la calidad, la cantidad y lo accesible y relevante que puedan ser los recursos para el cuidado de la víctima.

La importancia del modelo esta dado por la necesidad de implementar una reforma social en la intervención comunitaria, ya que la existencia de gran número de personas que no utilizan o que no se benefician de la intervención clínica, subraya la necesidad de establecer estudios comunitarios sobre la recuperación después de un trauma en los sobrevivientes que no han sido tratados. Se hace necesario, educar a la comunidad en relación con lo que es un trauma, cuales son las secuelas, es decir, desmitificar la intervención clínica y propender por una intervención comunitaria y social.

Finalmente, considero de gran importancia señalar que la complejidad del problema que ocasiona el terrorismo y los actos violentos de los diferentes actores del conflicto en Colombia, implica una respuesta acorde a la dimensión de la problemática de la víctima por parte del estado y de la sociedad civil. Sin lugar a dudas que el estado debe reorientar su política de atención a las víctimas por un abordaje que contemple una red social de apoyo donde la población encuentre una verdadera intervención que proporcione no una pírrica ayuda económica y/o la reubicación en un terreno ajeno a su cultura, sino un tratamiento acorde con su dignidad humana.

Sin duda que si el estado es incapaz de evitar la acción terrorista, es también cierto que esta deficiencia o ausencia de su deber fundamental lo responsabiliza para responder, ayudando a la población victimizada en la disminución de su sufrimiento. La creación de programas de atención victimológica por parte del estado, con la participación de la sociedad civil y la sensibilización de la comunidad ante el sufrimiento es en el momento una tarea de urgente realización.

La ausencia de solidaridad, de compromiso y de repudio a la violencia, que muchos investigadores extrañan del pueblo colombiano, se acrecentaran si la violencia continúa y no hay una acción conjunta que intente abordarlas en la dimensión que el problema requiere. La historia de violencia en Colombia tiene un alto contenido de venganza, resentimiento y frustración (victimización terciaria), que alimenta y nutre día a día el incesante río de sangre que deja la violencia y el terrorismo. Aún si la guerra terminara hoy, estos sentimientos que son en absoluto respuestas adaptativas ya están sembradas en el cerebro, las mentes y la conciencia de miles de niños y jóvenes para quienes su sentido de vida gira alrededor del odio y la venganza; pues esta es la única justicia próxima a su frustración y al haber perdido no sólo su casa, su tierra, su dinero, o sus familiares, sino lo más sentido, el pilar sobre el cual todo ser humano se construye: haber perdido sus sueños, esperanzas, ilusiones , las utopías y las certezas. Nada hay más traumático en el hombre que sentirse vulnerable, no conocer las reglas del juego, no poder soñar y reducir el futuro a la incertidumbre diaria de no saber si verá el próximo amanecer de un nuevo día.

BIBLIOGRAFÍA

Cortés, E. Los desplazados en el mundo: El Tiempo, Pag 9A, Diciembre 31, 1997.

Goleman, D. La Inteligencia emocional. Ed Javier Vergara, Bogotá, 1997.

Harvey, M. Una Perspectiva ecológica del trauma psicológico y de la recuperación. Traducción artículo hospital Cambridge.

Martín – Baró, I. Psicología Social de la Guerra : Trauma y Terapia. UCA, San Salvador, 1989.

Ortega, M. Las secuelas del conflicto: El Tiempo, Pag 8A, Octubre 29, 1998.

Fuente: http://psicologiajuridica.org/psj21.html

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Libro recomendado:

“Dolor Incomprendido. El sufrimiento en las víctimas del terrorismo”

terrorismo victimasSinopsis

Tan profundo e intenso como el disparo que lo produce. Tan fulminante y expansivo como la explosión que lo genera. Así es el dolor que sienten las personas víctimas del terrorismo.
Un dolor al que se añaden la incomprensión, porque no hay razones que justifiquen semejante daño; la soledad, porque la sociedad parece no querer enfrentarse con la mirada desolada de las víctimas, y hasta a veces la culpa, la de ser uno de los que sobrevivieron.
Las víctimas del terrorismo, en cualquiera de sus formas, han sufrido en persona una agresión dirigida a toda la sociedad. ¿Cómo es posible asumir ese dolor, convivir con él y transformarlo en esperanza?
Los testimonios de este libro –recogidos y analizados por los psicoterapeutas Lucía Sutil y Eduardo Lázaro– demuestran cómo el ser humano, el mismo que puede llegar a cometer las peores atrocidades, es también capaz de rehacer su vida aún desde el horror y la injusticia.

 

comentarios
  1. fernanda salinas matus dice:

    muy bueno

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