En 1989, la desaparición de Mark Killroy, un joven estudiante norteamericano, en Tamaulipas, México, derivó en el hallazgo de una serie asesinatos rituales que conmovió al mundo. Las pistas llevaron a la policía hasta el rancho Santa Elena, en las afueras de de la ciudad de Matamoros, refugio de una banda de narcotraficantes. Uno de los arrepentidos confesó que Killroy estaba enterrado allí. Junto a él yacían otros 11 cadáveres.

El autor de los asesinatos era Adolfo de Jesús Constanzo, el líder de la banda, e iniciado en los rituales de palo mayombe, un culto de origen afrocubano.
Los cadáveres estaban descuartizados, se les habían extirpado el corazón, el cerebro y la espina dorsal para los sangrientos rituales de la banda.

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