Cárcel y fábrica

Publicado: 9 marzo, 2011 en Psicología jurídica
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Pavarini

Más allá de las posturas reformistas y también desoladoras del sistema carcelario, nadie planteará con claridad el problema que nos aparecía cada vez más como fundamental.

Era justo preguntarse por qué y de acuerdo con qué criterios políticos, racionales, económicos, el que comete un crimen debe cumplir la pena en la cárcel.

En la medida en que nos planteábamos el problema histórico, es decir, la génesis de la institución, aparecía cada vez más en primer plano el aspecto estructural: la investigación histórica, separando capa por capa las incrustaciones que las varias ideologías jurídica, penalística y filosófica habían ido depositando sobre la estructura de la institución, manifestaba su trabazón interna.

En un sistema de producción precapitalista la cárcel como pena no existe; esta afirmación es históricamente verificable con la advertencia de que no se refiere tanto a la cárcel como institución ignorada en el sistema feudal cuanto a la pena de la internación como privación de la libertad.

En la sociedad feudal existía la cárcel preventiva o la cárcel por deudas. Ausencia de la pena carcelaria en la sociedad feudal.

Una correcta aproximación al tema ve como momento nodal la definción del papel de la categoría ético jurídica del talión en la concepción punitiva feudal; la naturaleza de equivalencia, propia de este concepto, puede ser que en el origen no haya sido más que la sublimación de la venganza y que se fundará más que nada en un deseo de equilibrio a favor del que había sido víctima del delito cometido.

La pena medieval conserva esta naturaleza de equivalencia incluso cuando el concepto de retribución no se conecta directamente con el daño sufrido por la víctima sino con la ofensa hecha a Dios; por eso, la pena adquiere cada vez más el sentido de castigo divino.

En presencia pues de un sistema socioeconómico (como el feudal) donde no existía, aún completamente historizada la idea de trabajo humano medido por el tiempo, la pena retribución, como intercambio medido por valor, no estaba en condiciones de encontrar en la privación del tiempo un equivalente del delito. Al contrario, el equivalente del daño producido por el delito se encontraba en la privación de los bienes socialmente considerados como valores: la vida, la integridad física, el dinero, la pérdida de estatus.

A través de la pena se quitaba el miedo colectivo del contagio, provocado originalmente por la violación del precepto. Era necesario castigar al transgresor, porque sólo así se podía evitar una calamidad futura que podía poner en peligro la organización social.

Existe una hipótesis en la que está claramente presente la experiencia penitenciaria: el derecho canónico penal.

Cumplir la penitencia en una celda. Esta naturaleza terapéutica de la pena eclesiástica fue después, de hecho, englobada, y por lo tanto, desnaturalizada, por el carácter vindicativo de la pena, sentida socialmente como satisfactio, esta nueva finalidad, este tiempo coactado, acentuó necesariamente la naturaleza pública de la pena. Ésta sale entonces del foro de la conciencia y se convierte en institución social, y por eso su ejecución se hace pública, se torna ejemplar, con el fin de intimidar y prevenir. La penitencia, cuando se transformó en sanción penal propiamente dicha, mantuvo en parte su finalidad de corrección; en efecto, ésta se transformó en reclusión en un monasterio por un tiempo determinado. No es tanto la privación de la libertad en sí lo que constituía la pena, sino sólo la ocasión, la oportunidad para que, en el aislamiento de la vida social, se pudiera alcanzar el objetivo fundamental de la pena: el arrepentimiento.

Se desarrolla a partir del punto de vista del capitalismo competitivo de fines del siglo pasado y comienzos del actual. En el período que va desde los últimos decenios del siglo XIX hasta la mitad del sigo XX asistimos, en toda el área capitalista, a profundas modificaciones del cuadro económico social de fondo.

Los instrumentos tradicionales de control social se crean nuevos instrumentos. El nuevo criterio que rige es el de la claridad, de la extensión y la invasión del control. Ya no se encierra a los individuos, se les sigue a donde están normalmente recluidos: fuera de la fábrica, en el territorio.

El sistema carcelario oscila más y más entre la perspectiva de la transformación en organismo productivo propiamente dicho, siguiendo el modelo de la fábrica, o la de caracterizarlo como un mero instrumento de terror, inútil para cualquier intento de readaptación social. Así, durante todo el siglo XX, y de acuerdo con las distintas situaciones políticas y económicas, las perspectivas de reforma caminan en zigzag, con una progresiva disminución de penas carcelarias, por un lado, y del aumento de represión para ciertas categorías de reos o de delitos por el otro.

Dado que todo el sistema de control se fundamenta en las relaciones de producción y dado que se rompió este equilibrio en las fábricas, el intento de restablecer el poder en las relaciones de producción obliga al capital a jugar la carta de un nuevo tipo de control social y a plantear en forma radical, aunque desde su punto de vista, el problema carcelario.

Un elemento fundamental para la investigación es hoy el intento de descubrir cómo se está dando el movimiento de control social.

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