Evaluación del testimonio (I):

Publicado: 24 enero, 2011 en Uncategorized
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“Realmente, en la historia sólo un indicador conductual y visualmente observable nos ha garantizado la veracidad o la mentira de las palabras de su propietario: la nariz de Pinocho”

Javier Urra Portillo (Libro “Jauría Humana: cine y psicología” pág 142)
Hay muchísimos mitos populares que acaban repercutiendo en la fama de los profesionales, y si además, la televisión ayuda a aumentarlos peor todavía. Pongamos el caso de las “máquinas de la verdad”, que además no dejan de ser un nombre más sensacionalista y propio de la ciencia-ficción que otra cosa. Oficialmente se llama polígrafo, y se puede usar de formas completamente distintas a la que todos conocemos, y también relacionadas con el testimonio.
Si hacemos algo de historia dentro de la evaluación del testimonio, que es como se conoce a este aspecto dentro de la psicología forense, y nos centramos en los marcadores biológicos (aunque hay otros), estos están basados en la búsqueda del nerviosismo o más correctamente de la activación simpática. Nos encontramos por ejemplo un par de técnicas menos precisas pero que se fundamentan en lo mismo que el polígrafo entendido como prueba de veracidad.
En China hará 3000 años, por ejemplo, se usaba polvo de arroz. Le hacían metérselo en la boca al sospechoso y escupirlo. Si estaba mojado, entonces es que era inocente, si estaba seco, culpable.
En el “Juicio de Dios”, los israelitas también usaban la producción salival para saber si alguien era inocente o culpable (Idea en la que se basa mi imágen de perfil). Se les hacía tocar un hierro candente con la punta de la lengua, y si se quemaba es que era culpable, en el caso contrario, era inocente. Todo lo anterior no era del todo infundado: cuando nos ponemos nerviosos salivamos menos. Otra cosa es a qué lo atribuyeran ellos y también el hecho de que hay más factores y personas más o menos nerviosas.
No hace falta pensárselo mucho para ver que teniendo en cuenta los castigos por la culpabilidad (y en el segundo caso lo que debe doler quemarse la lengua) muchísima gente se pondría nerviosa y dejaría de salivar aún siendo inocente.

En toda prueba que pretenda separar dos grupos, hay 4 posibles resultados, dos son correctos y dos incorrectos. Cada prueba se caracteriza por la fiabilidad para discernir entre unos y otros, que aplicada a la culpabilidad sería:
+ La cantidad de inocentes considerados inocentes
+ La cantidad de culpables considerados culpables
– La cantidad de inocentes considerados culpables (falso culpable) [o “el error de Otelo”]
– La cantidad de culpables considerados inocentes (falso inocente)

A la hora de crear un instrumento evaluador y utilizarlo tenemos que saber qué preferimos: ¿dejar libre a alguien culpable o castigar a un inocente? Creo que moralmente, la mayoría preferimos no castigar a un inocente aunque algún culpable más quede suelto, aunque eso depende de cada cual. Por ese motivo los métodos usados deberían ir en esa dirección, culpar a la menor cantidad de inocentes posibles. En la gráfica inferior se puede ver esto relacionado con el uso más popular del polígrafo, es simplemente orientativo para que se entienda la idea, nada más, no hay números ni datos en las que yo lo esté basando, es sólo ilustrativo.

evaluaciontestimonio01
Cada campana o curva de Gauss representa un grupo, culpables e inocentes, y el color en el que se tiñe cada parte de esas campanas es cómo lo considera la prueba que se realiza. Según la prueba, la línea de criterio puede estar más a la izquierda o la derecha y las curvas pueden estar más o menos separadas. Por ejemplo, en el caso del arroz y el “Juicio de Dios”, la línea criterio podría estar considerablemente más a la derecha y las curvas más unidas (vamos, un desastre).

Con este sistema hay muchos inocentes castigados injustamente como consecuencia de la prueba, lo cual no debería ser aceptable ni concluyente. Es fácil que cualquier inocente se ponga nervioso ante una pregunta tipo: “mató usted…”, “usó usted un cuchillo…”, “ocultó usted el cuerpo…” o cosas similares. En ellas, lo que importa no es si conozco o no la verdad, sino que se enumeran cosas que ya se saben y a mí se me pregunta si lo hice o no.
Yo por poner un ejemplo, me pongo nervioso incluso cuando se me considera actor de algo que no he hecho realmente. A esto se le conoce como falso culpable o “el error de Otelo”, ya que este personaje consideró a su mujer Desdémona culpable de infidelidad por su nerviosismo, pese a ser inocente. El nerviosismo no es signo de culpabilidad ante preguntas genéricas de las que todos conocemos la respuesta. Y lo peor de la prueba es que ni siquiera subsana el hecho de que ningún culpable quede libre, puesto que también se puede ser considerado inocente habiendo cometido el crimen, sobre todo en casos de gente no precisamente muy emotiva donde podríamos incluir a los poco frecuentes psicópatas.

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